La muerte del general de Intervención, Sabino Fernández Campos, ha sido sentida en toda España por tratarse de una persona de bien, en cuyo haber se atesoraban las principales virtudes que tradicionalmente adornaban a los componentes del Ejército español. Entre ellas yo destacaría la lealtad y la discreción que cuando coinciden en alguien, como en el fallecido, ennoblecen su dignidad. Conocí al extinto en una visita, que le hizo en su despacho de un Ministerio - creo que era el de Información en el que era Subsecretario- Adolfo Suárez, siendo éste gobernador de Segovia, y en la que también estuvo Mariano Nicolás, entonces Gobernador de Cuenca. Yo les acompañé por ser, en aquellos días, director de facto del "Diario de Cuenca" porque su director, recién nombrado, vivía todavía en Andalucía. No recuerdo muy bien de qué asunto trataron los "Poncios", como entonces llamábamos a los Gobernadores Civiles, aunque creo recordar que era sobre la celebración de alguna efeméride cultural, pero sí mantengo en la memoria la positiva impresión que me causó la figura serena y potente del ya entonces general, su afabilidad distante y su conocimiento del tema que se le estaba presentando. No le he guardado un minuto de silencio, que me parece un acto ridículo, pero si he rezado por su eterno descanso un Padrenuestro.
La muerte del general, aparte de los ditirambos inevitables de los medios en estos casos y de los muy sentidos artículos de los analistas serios, ha desencadenado, de nuevo, la curiosa perplejidad que para muchos sigue en vigor en torno al suceso del 23-F , cuya gestación, desarrollo y final no logró aclarar ningún autor de los que han ofrecido alguna versión escrita, ni, por supuesto, el juicio de Campamento en el que fueron encausados unos pocos de los participantes y condenados varios, pero no el enigmático e inquietante Comandante Cortina del CESID.
La muerte del general se ha producido a corta distancia temporal de la aparición en la prensa de algunos resúmenes de las Memorias de Jordi Pujol en las que confirma que Enrique Múgica, a la sazón encargado de la política de Defensa en el PSOE, se reunió con él para tratar sobre la conveniencia de formar un Gobierno de concentración, bajo la presidencia de un mando militar de prestigio, en un momento en que la UCD se erosionaba y la transición democrática sufría horas bajas. Hablo de confirmación ya que ese dato y la asistencia o apoyo del General Armada a esa reunión fue traído y llevado a lo largo del juicio de Campamento, aunque el tribunal pasara sobre él, como mirando para otro lado. Múgica ha dicho que Pujol debe haber escrito esa supuesta reunión en broma, pero tampoco hay que olvidar que el Teniente Coronel Tejero se "da de baja" en la acción militar cuando conoce que Armada es portador de una lista de personajes de la época, de todos los partidos y grupos, para formar un Gobierno que él iba a presidir.
La muerte del general parece haber dejado sin saber cómo dos generales de acendrada vocación monárquica, MIlans del Bosch y Armada, se embarcan en una acción como la del 23-F sin contar con el Rey. Pero, me temo que ni el propio Sabino Fernández Campos - que tampoco lo habría contado nunca, por lealtad y discreción- fuera capaz de explicarlo. En mis crónicas del 23-F, como único periodista que, entre los muchos que lo presenciaron con más o menos dedicación, asistí, sin ausentarme ni un minuto, a todas las sesiones, del juicio de Campamento, ya manifesté la opinión de que Armada, en algún momento anterior al 23-F, debió entender que el Monarca aceptaba la idea que manejaban los políticos de unos y otros partidos sobre la necesidad de dar, lo que se llamó un "golpe de timón". Y así se lo hizo saber a Jaime Milans del Bosch, quien como otros muchos militares no se hallaba precisamente feliz en aquellos tiempos complicados de la implantación de un sistema político nuevo. Tengo para mí que el entonces Capitán General de la III Región Militar no habría sacado ni un tanque a la calle de no creer en la inducción real y así vino también a demostrarlo el hecho de que acató la orden del Rey de retirar los que había hecho circular. Aunque el papel de Armada me queda más en la duda, mantengo la idea de que también alguna conversación con el Rey le hizo creer que veía con buenos ojos la solución del Gobierno de Concentración que tantos políticos manejaron aquellos días. Probablemente Armada tiró de su memoria y recordó que otro Rey, Alfonso XIII, había encontrado una solución de ese tipo en el Gobierno de Primo de Rivera. La acrisolada lealtad, en el caso de ambos generales, no ha permitido aclarar la cuestión con absoluta nitidez.
La muerte del general, aunque yo ya he anticipado mi opinión al respecto, para otros ha llevado a la tumba, de momento - pues no hay que descartar que en el despacho del difunto se conserven algunos papeles de transcendencia para entender mejor no sólo la gestación del 23-F sino muchas otras actuaciones y conductas en relación con la vida política española- su conocimiento exacto o sus dudas sobre las cuestiones anteriores. Lo que resulta indudable es que puso su inteligencia y su lealtad al servicio de la Corona y decidió con su consejo, y seis palabras, el fracaso de una solución que no consideró la adecuada para su Patria. "Ni está ni se le espera" aunque no es una frase tan ingeniosa como se pretende, -pues él mismo ha explicado que fue la respuesta a un general Juste, que tras saber que Armada no estaba en Palacio, repreguntó "¿para cuándo es esperado?"- si fue tan efectiva que desembarcó a la División Acorazada del apoyo que, en principio, se había convenido.
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En verano todo es posible y el grado de tolerancia aumenta, más que por decisión, por pasotismo. En verano ocurren cosas terribles, seguramente como en cualquier otra estación, pero tendemos a pasar de ellas, a enterarnos sin darles demasiado alcance, como si el calor nos aletargara y permitiera que nada nos sobrecogiera demasiado. Seguramente, por eso, los políticos deciden en verano cuestiones que, en otro tiempo, llevarían a la protesta en la calle o a que el pueblo se dejara ganar por un sentimiento de oposición, y a guardarlo para cuando se le pida el voto.
El verano también parece embrutecer las mentes tenidas por más finas o ilustradas y así acabo de leer que Saramago - un catastrofista disfrazado de cordero populista - ha escrito: "Dios no es de fiar", preguntándose "qué diablos de Dios es éste que, para enaltecer a Abel, desprecia a Caín". Da pena pensar en alguien desconfiado de Dios y con argumentación tan débil para mantener tamaña estupidez, como la de atribuir a Jehovah un desprecio al asesino Caín, al hilo de un relato bíblico que no hace sino ejemplarizar para hacernos comprender algo tan vivo y perdurable como es la oposición entre el bien y el mal. Pero, ya digo, en verano ocurre de todo.
Y entre esas ocurrencias de estío, se ha instalado la nueva gripe que ya no se sabe cómo denominar pues ha pasado de ser porcina a, simplemente, A, americana, o críptica para quienes nos cuesta recordar el nombre técnico- sanitario compuesto de letras y cifras. Como en un carrusel, la ministra del Ramo nos ha venido ofreciendo los datos de uno o más muertos cada día; la precisión de que ninguno moría de la gripe propiamente dicha sino de que ya andaban los afectados algo enfermos de otra cosa; la indicación, hoy, de que iban a vacunar a unos, la modificación al día siguiente de que los vacunados serían otros; la noticia de que la vacuna empezaría en Noviembre; la de que empezaría cuando se supiera que era efectiva y que todavía no ha sido suficientemente " testada", es decir, comprobada su eficacia. Y así sucesivamente... Al costado de la información de la ministra, que ya lleva unos días sin decirnos si ha muerto alguien más, o no, aparecen informaciones escalofriantes sobre el interés de algunas empresas internacionales, y el de determinados políticos norteamericanos implicados en el negocio de las drogas curativas, por extender la alarma social con objeto de inventar y vender determinados productos. Como es verano, salvo los hipocondriacos, la población no ha tomado la cosa a mayores. Veremos qué pasa en Octubre. De momento no sabemos si puede uno besar o dar la mano al prójimo ni siquiera para dar la paz, y sí parece que, en todo caso, la gripe nos exige no estornudar sin poner la mano tapando la boca, eso, como la de hacerlo al bostezar, es una norma de buena educación, de toda la vida, aunque Leire Pajín se la saltara en el Congreso.
Tampoco he detectado reacciones ante el pintoresco recorrido de la propuesta zapateril de ayudar con 420 euros a los parados que han dejado de cobrar el desempleo. Primero se anunció de modo que parecía asistir a todos tal derecho y así fueron las colas en el INEM, con el consiguiente enfado de quienes eran informados de que la medida protegía tan sólo a los que dejaban de recibir la prestación del paro en Agosto. Luego se dijo que con efectos retroactivos hasta Junio y el ministro Corbacho insistió ante los sindicatos en que no se podía hacer otra cosa. Al día siguiente de la declaración ministerial, Izquierda Unida exigió al mismo ZP que la ayuda llegara también a los que ya no fueron subsidiados en Enero y así se ha aprobado, porque, de no hacerlo, corría peligro el apoyo de esa formación, y otras de izquierdas, a los presupuestos generales.
No seré yo quien, ni en verano, proteste porque a los españoles sin trabajo se les busque una solución económica cuando dejan de cobrar la prestación de desempleo. ¡Todo lo contrario! Ahora bien, si un día el ministro competente ve imposible hacer lo que le piden, resulta muy sospechoso, e incoherente, que al día siguiente sea el propio presidente del Gobierno el que se comprometa en un desembolso cuyo importe es de una magnitud seguramente de imposible estudio en el día de margen habido entre lo que el ministro dijo y lo que hizo el presidente. Claro que hay que hacer una política social amplia y decidida, pero dentro de los límites que exige evitar la quiebra del Estado. Seguramente hay partidas presupuestarias que podrían desafectarse de su origen y ser llevadas a cubrir las nuevas necesidades derivadas de la actual crisis. (Por ejemplo el dinero dedicado a atender, desde la simple consulta asistida de intérpretes hasta complicadas intervenciones quirúrgicas en la Seguridad Social, a jubilados europeos instalados cómodamente en el litoral español, o la multiplicidad de emolumentos cobrados por algunos políticos en razón de sus cargos representativos en la Administración, en empresas públicas y en negocios particulares.) De otra parte ¿cómo asegurar que quienes no cobran paro desde Enero pasado tiene mayores necesidades que quienes no lo cobran desde hace años, o no lo han cobrado nunca, pese a no tener empleo? ¿Y dónde está la justicia exigible en este tipo de acción social, cuando se establece discriminatoriamente a favor de asalariados dependientes, olvidando la comunidad de autónomos - muchos directamente vinculados al servicio a otros empresarios- tan extendida en nuestro país y tan duramente tratada en estos momentos críticos? Se corre el riesgo de que surjan, sin pasar mucho tiempo, las protestas, que lógicamente encontrarían abanderado, de todas esas gentes no menos necesitadas que los parados de cobro agotado. Y digo riesgo en el sentido, ya anticipado, de que nadie, ni por supuesto el Estado, puede repartir sin límite; aunque, sin duda sería bien justo estudiar - no improvisar - la forma de atender también estos casos. Claro que la mejor forma de hacerlo sería la reforma laboral a la que empecinadamente, por mero populismo, se niega el Gobierno. Al paso que vamos pasaremos de las serpientes de verano a las anacondas de otoño.
servido por javierre
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