EN TORNO AL DICHO " LA LETRA CON SANGRE ENTRA"
Ha declarado Mr.Brown que, de pequeño, le dieron unos azotes con el látigo típico de la antigua didáctica escolar británica. Pretendía, en unión de otros alumnos, hacer pella para presenciar un encuentro deportivo. Se enteró el director del Colegio y acudió a esa treta vergonzante de pedir que alguien delate al autor de la falta, porque si no habrá castigo universal. Picaron los "conjurados", se autoinculparon en el despacho del profesor y éste les azotö: Ni azotar, ni mucho menos, utilizar la extorsión y la invitación a la delación de los compañeros es defendible en un colegio que se precie. Sin embargo, el premier británico, dando pruebas de ser un hombre, no ha cargado las tintas sobre el protagonista de ese hecho antiguo. Tal vez porque ha valorado el entorno en que se produjo.
A mi también me quiso azotar un menesiano -guardo del resto de los que me impartieron el Bachillerato el mejor de los recuerdos, tanto por su buena instrucción como por su adecuada enseñanza de la religión y de las buenas maneras- con un palo, que utilizaba para hacerlo con los que no éramos buenos matemáticos. Un azote por cada problema mal hecho, ¡y yo tenía seis con resultado equivocado! Empezó la golpiza por los que más azotes merecían, según el particular modo de enseñar matemáticas y, cuando se aproximaba mi turno, salí corriendo de la clase y me fui a casa, donde expliqué a mi madre lo sucedido. Ya ella se había manifestado frente a los malos tratos escolares y su opinión, que yo bien conocía, me hizo tomar la decisión de escapar de la paliza. Ella me acompañó al colegio, habló con el director, protestó educadamente y manifestó su aceptación de cualquier castigo que tuvieran a bien imponerme para corregir mis faltas o mi vagancia, pero de ningún modo los físicos. El director asentía, pero el profesor implicado - que, por cierto, a los pocos meses dejó los hábitos y tomó barragana- se agarró al clavo ardiendo que suponía la reflexión materna y manifestó su acuerdo. Al día siguiente, al iniciarse la clase, se dirigió al grupo de niños - yo tenía 9 años y el resto 10 y 11- y, enfáticamente, aseguró: "Como Brera es muy delicado y su mamá no quiere que le trate como a los demás cuando hace mal los problemas, tendremos que apartarle. Brera pase al rincón y permanezca de pié durante mi clase". Y así me tuvo todo el curso. No fue muy agradable mi castigo, pero, salí del trance sin rencor ni frustración alguna; antes bien, en el recuerdo del incidente me siento como un pionero contra los malos tratos.
Ello no obsta a que sea partidario de un oportuno cachete - no de azotar con látigos o palos, por supuesto- cuando un hijo es tan díscolo que le tira una zapatilla a la cara cuando la madre le pide que estudie. Una jueza, recientemente, ha opinado de distinta manera y ha condenado a una señora a pena de cárcel y a separarse un tiempo de su hijo, aunque espero que el recurso resuelva de otro modo tanta exageración. Sobre todo pensando en el bien del niño.
