Con paso rápido, pues sólo disponíamos de tres días, nueve periodistas especializados en información turística, en activo en diarios y otras publicaciones, hemos iniciado la visita de Faro, donde destaca su doble personalidad -espiritual, expresada en su Catedral, y práctica, según se advierte en su estupenda y bien surtida zona comercial y con el ferrocarril cercano a la ría, como una estampa de litografía. Hemos almorzado en la Pousada de Tavira, donde el chef ha hecho una auténtica demostración de cocina y de diseño gastronómico y cuya tabla de quesos y de postres se ha abierto a modo de bufet, de modo que mi indisciplinada vocación golosa ha llamado la atención de mis compañeros de mesa. No sabían que yo - salvo ante cocina como la que comento - cuando almuerzo de bufet, aprovecho la avalancha ajena hacia las copas, verduras, carnes y pescados y me lanzo directamente a los postres, todavía inmaculados y con ellos por todo alimento - y ¡vive Dios que no es poco!- cumplo, en esos casos, mi tradicional almuerzo de tres platos y postre.

 

 La Pousada de Tavira, está en la zona del Castillo,  cerca de la catedral con sus dos torres, en una de las cuales destaca la enorme esfera del reloj. El entorno está bien cuidado, incluyendo un antiguo depósito de agua, hoy elevado a maravilla técnica donde el juego de los espejos, al estilo pensado por Leonardo, permite ver desde el interior, gran parte de la ciudad. Del Castillo aún se conservan algunas murallas y en su interior un romántico jardín desde el que se pueden admirar los tejados tipo pagoda de muchas casas influidas por la presencia de los portugueses en Asia. Su puente romano es una reliquia monumental, sobreviviendo contra el tiempo. La Pousada de Tavira fue convento de San Agustín, fundado en 1569, y dispone de un recoleto claustro renacentista entre otras maravillas arquitectónicas, a las que hay que añadir todas las comodidades que la modernidad puede ofrecer a un huésped.

 

El recorrido en autobús nos ha acercado a Vilamoura con sus impresionantes marinas, donde toda parece sereno y deseable, su distinguido comercio y su playa de Falésia, para seguir hacia Albufeira donde destaca su playa de los Pescadores y, bajando colinas residenciales, se puede uno asomar en Pau de la Bandeira y divisar los arenales limpios y las aguas tranquilas. Almorzar luego en la Pousada de Sagres y visitar su fortaleza obliga a recordar a aquellos reyes como Enrique el Navegante que tuvieron aquí sus astilleros para soñadores sin límite. Describir los acantilados de esta zona, la valentía de los pescadores en pie sobre salientes de las rocas, a alturas que dan vértigo, los colores de las aguas y los cielos, es tarea sólo posible para mejores plumas que la mía. Incluso en el camino, como por ejemplo entre Sagres y Lagos, el verde de la campiña, se interrumpe para darnos una muestra más de un pasado glorioso: La iglesia de Guadalupe donde el rey rezaba y descansaba en sus desplazamientos de una villa a la otra. La cercana Alvor - aquí todo está cerca - nos ofrece "el pan y la sal" en el Hotel Pestana Alvor Praia y otra vez la buena gastronomía, en la que es adelantada la Cadena hotelera, tienta nuestra gula; aunque, hay que decirlo, en competencia con el atractivo de la bajada a la playa desde los jardines del hotel y la contemplación de una puesta de sol como hay pocas en el mundo.

 

Entre tanto lugar apacible, encantador, interesante, la visita al Cabo San Vicente colmó el vaso de la emoción. El Finisterre portugués, con su Faro, su Fortaleza, sus cortados sobre la mar océana, impresionan, incluso aunque no se leyera la triste placa que, al borde del abismo y en memoria del joven turista  Sven Greef,  que allí se despeñó, han dejado sus padres dando cuenta del hecho "para advertencia" de quienes pudieran correr la misma mala suerte.

 

Para terminar el recorrido, visitamos la Fortaleza de Portimao. Desde su altura se divisan las amplias playas o las marinas repletas de yates de recreo. Su largo paseo marítimo tiene el encanto de la altura y la diversidad de los edificios, incluyendo el Hotel Oriental, totalmente de arquitectura y aspecto árabe, poniendo así una nota más que añadir al romanticismo de una zona muy atrayente para disfrutar de unas vacaciones.