En verano todo es posible y el grado de tolerancia aumenta, más que por decisión, por pasotismo. En verano ocurren cosas terribles, seguramente como en cualquier otra estación, pero tendemos a pasar de ellas, a enterarnos sin darles demasiado alcance, como si el calor nos aletargara y permitiera que nada nos sobrecogiera demasiado. Seguramente, por eso, los políticos deciden en verano cuestiones que, en otro tiempo, llevarían a la protesta en la calle o a que el pueblo se dejara ganar por un sentimiento de oposición, y a guardarlo para cuando se le pida el voto.

El verano también parece embrutecer las mentes tenidas por más finas o ilustradas y así acabo de leer que Saramago - un catastrofista disfrazado de cordero populista - ha escrito: "Dios no es de fiar", preguntándose "qué diablos de Dios es éste que, para enaltecer a Abel, desprecia a Caín". Da pena pensar en alguien desconfiado de Dios y con argumentación tan débil para mantener tamaña estupidez, como la de atribuir a Jehovah un desprecio al asesino Caín, al hilo de un relato bíblico que no hace sino ejemplarizar para hacernos comprender algo tan vivo y perdurable como es la oposición entre el bien y el mal. Pero, ya digo, en verano ocurre de todo.

Y entre esas ocurrencias de estío, se ha instalado la nueva gripe que ya no se sabe cómo denominar pues ha pasado de ser porcina a, simplemente, A, americana, o críptica para quienes nos cuesta recordar el nombre técnico- sanitario compuesto de letras y cifras. Como en un carrusel, la ministra del Ramo nos ha venido ofreciendo los datos de uno o más muertos cada día; la precisión de que ninguno moría de la gripe propiamente dicha sino de que ya andaban los afectados algo enfermos de otra cosa; la indicación, hoy, de que iban a vacunar a unos, la modificación al día siguiente de que los vacunados serían otros; la noticia de que la vacuna empezaría en Noviembre; la de que empezaría cuando se supiera que era efectiva y que todavía no ha sido suficientemente " testada", es decir, comprobada su eficacia. Y así sucesivamente... Al costado de la información de la ministra, que ya lleva unos días sin decirnos si ha muerto alguien más, o no, aparecen informaciones escalofriantes sobre el interés de algunas empresas  internacionales,  y el de determinados políticos norteamericanos implicados en el negocio de las drogas curativas, por extender la alarma social con objeto de inventar y vender determinados productos. Como es verano, salvo los hipocondriacos, la población no ha tomado la cosa  a mayores. Veremos qué pasa en Octubre. De momento no sabemos si puede uno besar o dar la mano al prójimo ni siquiera para dar la paz, y sí parece que, en todo caso, la gripe nos exige no estornudar sin poner la mano tapando la boca, eso, como la de hacerlo al bostezar, es una norma de buena educación, de toda la vida, aunque Leire Pajín se la saltara en el Congreso.

Tampoco he detectado reacciones ante el pintoresco recorrido de la propuesta zapateril de ayudar con 420 euros a los parados que han dejado de cobrar el desempleo. Primero se anunció de modo que parecía asistir a todos tal derecho y así fueron las colas en el INEM, con el consiguiente enfado de quienes eran informados de que la medida protegía tan sólo a los que dejaban de recibir la prestación del paro en Agosto. Luego se dijo que con efectos retroactivos hasta Junio y el ministro Corbacho insistió ante los sindicatos en que no se podía hacer otra cosa. Al día siguiente de la declaración ministerial,  Izquierda Unida exigió al mismo ZP que la ayuda  llegara también a los que ya no fueron subsidiados en Enero y así se ha aprobado, porque, de no hacerlo, corría peligro el apoyo de esa formación, y otras de izquierdas, a los presupuestos generales.

No seré yo quien, ni en verano, proteste porque a los españoles sin trabajo se les busque una solución económica cuando dejan de cobrar la prestación de desempleo. ¡Todo lo contrario! Ahora bien, si un día el ministro competente ve imposible hacer lo que le piden, resulta muy sospechoso, e incoherente, que al día siguiente sea el propio presidente del Gobierno el que se comprometa en un desembolso cuyo importe es de una magnitud seguramente de imposible estudio en el día de margen habido entre lo que el ministro dijo y lo que hizo el presidente. Claro que hay que hacer una política social amplia y decidida, pero dentro de los límites que exige evitar la quiebra del Estado. Seguramente hay partidas presupuestarias que podrían desafectarse de su origen y ser llevadas a cubrir las nuevas necesidades derivadas de la actual crisis. (Por ejemplo el dinero dedicado a atender, desde la simple consulta asistida de intérpretes hasta complicadas intervenciones quirúrgicas en la Seguridad Social, a jubilados europeos instalados cómodamente en el litoral español, o la multiplicidad de emolumentos cobrados por algunos políticos en razón de sus cargos representativos en la Administración, en empresas públicas y en negocios particulares.) De otra parte ¿cómo  asegurar que  quienes no cobran paro desde Enero pasado tiene mayores necesidades que quienes no lo cobran desde hace años, o no lo han cobrado nunca, pese a no tener empleo? ¿Y dónde está la justicia exigible en este tipo de acción social, cuando se establece discriminatoriamente a favor de asalariados dependientes, olvidando la comunidad de autónomos - muchos directamente vinculados al servicio a otros empresarios- tan extendida en nuestro país y tan duramente tratada en estos momentos críticos? Se corre el riesgo de que surjan, sin pasar mucho tiempo, las protestas, que lógicamente encontrarían abanderado, de todas esas gentes no menos necesitadas que los parados de cobro agotado. Y digo riesgo en el sentido, ya anticipado, de que nadie, ni por supuesto el Estado, puede repartir sin límite; aunque, sin duda sería bien justo estudiar - no improvisar - la forma de atender también estos casos. Claro que la mejor forma de hacerlo sería la reforma laboral a la que empecinadamente, por mero populismo, se niega el Gobierno. Al paso que vamos pasaremos de las serpientes de verano a las anacondas de otoño.