¡Qué hubiera dicho Unamuno en estos días, si en aquellos en que España se podía ufanar  del ingenio de Isaac Peral o Juan de la Cierva, clamaba lo de "que inventen ellos"! Porque, sin merma de mérito para nuestros investigadores actuales, abandonados a su suerte y con menos impulso económico-público cada vez, lo cierto es que el invento más notable del presente parece ser el de una nueva forma de gobierno que Platón clasificaría entre las degeneradas, y más que ninguna, a la que doy el nombre de mangantocracia. Se trata de un sistema en el que, al margen de lo que formalmente diga la Constitución, abundan quienes no tienen de la "vocación" política otra idea que la de medrar. Y no sólo medrar, pues en algún sentido la expresión podría encerrar alguna nobleza en quien desea mejorar su vida, esforzándose por cumplir su deber y prepararse cada vez más para subir en su escalafón; no sólo medrar sino, simple y llanamente, robar. La ambición puede ser positiva si el individuo pone al servicio de ella su esfuerzo, su respeto al Derecho y al prójimo y su afán de superación mediante el trabajo y el estudio, pero cuando se ambiciona el poder por el poder y por la facilidad que puede conllevar para apropiarse bienes públicos o privados, se incurre en grave delito.

Los inventores de la mangantocracia pertenecen a todas las clases sociales y a todos los estamentos y partidos. No hay un solo día en que los medios no descubran un nuevo aficionado a este invento. Y lo terrible es que la sensación de que el acceso a la política o al mando supone un buen camino para enriquecerse, torticera pero fácilmente, va enraizando en el pueblo, de modo que ni se "deja de saludar" al condenado por delitos económicos, ni mucho menos se reprueba socialmente al que, incluso, logra evadir el reproche penal aunque sea un ladrón en cualquiera de las actividades que abarca el mero sentido gramatical de la palabra. A estos últimos, casi se les alzan estatuas, al menos en el sentir de muchos que admiran, a quien hurta su canallesco actuar a la acción de la Justicia, e, incluso, a quienes, con algún percance - dos o tres años de cárcel con trato especial - regresan a su casa, sin haber devuelto ni un céntimo de lo mucho que obtuvieron con cargo a la Hacienda Pública.

En el reino de la mangantocracia se asienta también el cinismo. Las declaraciones de bienes  de algunos "personajes" , las explicaciones que ofrecen sobre su adquisición y las que dan, cuando son descubiertos en mentira , otrora les sonrojarían; pero hoy son tomadas a broma por quienes las protagonizan y por una gran mayoría de quienes las escuchan, limitándose a reír a carcajadas, como, si en lugar de jugarnos algo tan importante como la buena gobernación del Estado o los entes públicos, estuviéramos asistiendo a una sesión de circo con Ramper en la pista.