Algo así como morir matando es lo que me ha sugerido eso de aquí sigo "cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste", pronunciada con tono entre petulante y jeremíaco por Rodríguez Zapatero en el discurso del estado de la nación. "Cueste lo que cueste se ha de conseguir que los boinas rojas han de entrar en Madrid", cantaban los carlistas durante la guerra civil, y el discurso de ZP, que es tan dado a la memoria histórica, tal vez se haya escurrido de medio plagiario viendo entrar en la capital, si no a los boinas rojas, sí a los miles de seguidores de la Selección Nacional vestidos de rojo riguroso.
No hay que hacer muchos cálculos para saber lo que cuesta cada día a España y a los españoles, la presencia en la Moncloa de un político tan incapaz. Cueste lo que cueste puede ser una cifra de paro que supere los cinco millones, un empobrecimiento de las clases medias que aumente el número de familias que lo pasan mal para llegar a fin de mes y una extensión indeseable del número de pobres de pedir auténticos; no como Esperanza Aguirre, que dialécticamente se autoproclamaba tal hace unas fechas.
Cueste lo que cueste -a España por supuesto- puede ser la descomposición de un país, aceptando desde la Presidencia que instituciones del Estado desacaten una Sentencia o le den puerta por conductos ilegales, o revisar la historia más objetiva para escribir otra desde la mentira, el resentimiento y la estupidez, como ha ocurrido recientemente borrando, en la página web de la presidencia del Gobierno, de la lista de los que han sido presidentes, a Francisco Franco quien, según el parecer de cada cual, pudo haber sido bueno, malo, malísimo o semipensionista, pero no hay posibilidad alguna de negar que ocupó ese puesto. Cueste lo que cueste puede suponer la rebaja de las pensiones y la ruina de su futuro, la salida de España del euro, la quiebra de empresas empujadas por la tolerancia de un Gobierno con miedo a unos sindicatos escasamente representativos y subvencionados ampliamente, que, por si fuera poco, anuncian una huelga general con meses de antelación, sobre lo que cabe recordar a Rabindranath Tagore, ya que muerden la mano del que les mantiene y son el hacha que hiere a su protector sin topar con desencuentro o represalia sino con el aroma del sándalo expresado en nuevas concesiones.
Por el contrario, "me cueste lo que me cueste" para Rodríguez Zapatero no supone otra cosa que seguir instalado con su familia en una "vivienda" excepcional, tener gratuitos servicios de todo tipo, incluyendo un avión para asistir a los mítines de su partido, cuando le pete, cobrar un buen sueldo, disfrutar de vacaciones megalómanas en Baleares, y, en el peor de los casos, salir un día de la Moncloa para seguir cobrando los no pequeños emolumentos del cesante, disfrutar del especial régimen de la Seguridad Social y ser compensado por sus correligionarios, o por los deudores de favores, con otros buenos cargos o remuneradas asesorías. En el caso de ZP decir me cueste lo que me cueste está claro que no pasa de ser una boutade.
Y hablando de boutade, cómo explicar la incivilizada acción del futbolista Piqué durante su paseo triunfal por Madrid. Un vídeo emitido hasta la saciedad ha dejado a la vista cómo, por la espalda, escupió a un directivo de la Federación Valenciana, cuyo nombre ignoro, pues de fútbol, ni después del triunfo en el Mundial -que lógicamente aplaudo y me alegra-, me interesa nada. ¿No sería bueno obligar a determinados deportistas a pasar por unas clases de educación para la ciudadanía, tal y como esa asignatura debe ser concebida, es decir para que los españoles nos tratemos con respeto y adecuada educación y nos expresemos con un mínimo de corrección y habilidad verbal? No sólo me mueve a pensar esto la gamberrada de Piqué, sino la intervención de algún brillante "héroe" de la Selección Nacional que, a la hora de hablar, apenas podía pasar de la primera frase. Pero en fin, ahí está otro personaje del entorno del Mundial, al que me ha gustado oír. "Fue llegar a mi primer mundial y besar el santo", ha dicho la periodista Sara Carbonero, novia de Iker Casillas. Y, aunque seguramente ella quería ceñir su mensaje a lo deportivo, el hecho cierto es que todo el mundo ha podido comprobar que la informadora, si no al santo, si a su novio, le lanzó un ósculo que ha entrado en la historia junto a la victoria balompédica en la que tan decisiva parte tomó el portero español.
MIGUEL ÁNGEL GARCIA BRERA
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