Manadas de cornúpetas recorren victoriosos - algunos, victorinos - las dehesas, en el atardecer de este día veintiocho de Julio en que el Parlamento catalán ha aprobado la prohibición de las corridas. Tomado el acuerdo, parecen ya  contentos los glotones comedores de carne roja, conseguida tras la muerte alevosa e industrial de los novillos; las viejecitas esposas de los cazadores de zorros, defensoras de los animales de compañía hasta asfixiarles poniéndoles ropas para que luzcan ante las amigas y, en algunos casos,  dejándoles un castillo en herencia, sin haber dado jamás una limosna para un niño de África o de los suburbios; los canallas que, al llegar el verano, abandonan sus mascotas -también a los abuelos- para no tener que buscarles lugar en el coche ni en el hotel de vacaciones; y tantas otras gentes, sin verdadera humanidad, amor por el prójimo, sensibilidad, ni gusto por el arte, que parecen querer compensarlo clamando por el cierre de los cosos taurinos. Otros, a quienes ni nos entusiasma, ni tampoco lo contrario, el arte de Cúchares, que tenemos de los animales la idea de que, como toda la Creación, están al servicio del hombre, apenas comprendemos estos fervores pro y contra, aunque, bien mirado, es muy posible que, una vez más, la cuestión tenga su "aquél" en el desprecio que el pueblo español siente por la excelencia. ¿No será la envidia, frente a esos hombres cuyo valor está por encima de la generalidad y cuya actividad al servicio de un arte milenario provoca asombro, el único motivo de oposición a que siga celebrándose la Fiesta? Hay quien parece explicarse que los catalanes estén en contra de los toros por ser mayormente afición de otras regiones de España, pero, aparte de aclarar Montilla que no ha sido esa la causa de  haber aprobado prohibir -contra lo que era eslogan de la revolución de Mayo, que en la clase política catalana tuvo muchos adeptos-, de mi propia reflexión y conocimiento de los españoles nacidos o residentes en ese hispano territorio, llamado Cataluña, saco que de ningún modo hay que buscar explicaciones tan retorcidas. Me extraña que, siendo Cataluña tierra no exenta de toreros importantes a lo largo de las épocas, y ofreciendo con regularidad buenas corridas en sus plazas, la mayoría parlamentaria se haya decantado por seguir el paso de Carod Rovira, pero sobre los motivos queda el debate abierto. Entre Cataluña, prohibiendo, con riesgo para la especie, ese original espectáculo del toro bravo enfrentándose al hombre, poniendo ambos la vida en juego, y Madrid, dedicada a desarrollar planes de recuperación de especies extinguidas, como el cernícalo "primilla", el modelo a seguir es el segundo y que conste que, para mí, cántabro por los cuatro costados, tan queridos compatriotas me resultan los madrileños como los catalanes.

Es muy posible que algunos de los cernícalos, ya recuperados por la Comunidad de Madrid, se hayan descolgado del nido y anden invadiendo los escaños con igual furor que "Los Pájaros" de Hitchcock. ¿O no es propio de cernícalos que, en pleno sentimiento nacional de abatimiento en todo cuanto no sea el deporte, donde algunas individualidades -incluso trabajando en equipo- nos están dando días de gloria en casi la totalidad de las competiciones, salga el PSOE y decida, con la habitual tendencia de su líder a sorprender, rebajar de nivel  la Secretaría de Estado de Turismo, dejándola en mera Secretaría General.  ¿No le han contado a ZP que  el turismo es prácticamente la primera industria nacional exportadora, y que parece sobrevolar la crisis, habiendo crecido un 1,7% en junio con la llegada a España de más de cinco millones de turistas internacionales? Hasta la OMT ha tenido que hacer unas declaraciones, para condolerse de una decisión tan peregrina e inconveniente, justificada gubernamentalmente por la imposición de recortes, cuando ni ese recorte supone un montante apreciable, ni en esa Secretaría es donde la necesidad de una constante publicidad y atención mediática permite andarse con regateos. Varios países  han elevado últimamente el rango de su turismo, creando un Ministerio. Por el contrario, en España mantenemos Ministerios fantasmas, y al turismo ni siquiera le dejamos en el lugar administrativo segundón en el que ya estaba inconvenientemente situado.